Hace relativamente poco descubrí el placer de la costura. De pequeña ya cosía alguna cosilla, y en mi familia tuve una gran costurera que hacía que los hilos siempre estuvieran presentes en el día a día.
Mientras cosía, pensaba en lo que yo hacía y en las imágenes que me venían a la cabeza de aquellos días en casa. Me hizo reflexionar —aplicándolo también al mundo de las plantas medicinales, o al que tú quieras— sobre el valor de lo tradicional y cómo nuestra sociedad actual, por norma general, tiende a olvidarlo. Siempre vamos hacia lo más tecnológico, lo más moderno, pero se nos olvida que para llegar hasta aquí antes tuvo que existir otra etapa: aquella en la que los conocimientos de los mayores se consideraban palabra sagrada; donde tomarse tiempo para elaborar algo era una forma de respeto hacia la persona a la que iba destinado y no una medida de productividad.
Era también una época en que la naturaleza se tenía mucho más en cuenta, a todos los niveles: para procurarse materias primas, para curarse o simplemente para disfrutar de su belleza.
Es indiscutible que los descubrimientos de la ciencia moderna nos han ayudado a avanzar y a vivir más cómodos que nunca. Pero también, a veces, más desconectados de todo y de todos. Como se dice en muchos sitios, “una generación tan conectada como la nuestra nunca estuvo tan desconectada”.
Creo que el reto está en saber aprovechar los valores antiguos. La gente tenía menos libros y menos nivel de estudios, pero tenían la voz de la experiencia para saber cómo aplicar las cosas. Y, aunque algunas creencias de entonces puedan haberse quedado atrás, porque nada es inamovible, lo “antiguo” o “natural” no debería significar “obsoleto”.
Voy a ponerte dos ejemplos de esas tradiciones que han sabido perdurar a través del tiempo: la Medicina Tradicional China y el Ayurveda de la India. Son medicinas milenarias que, aunque en otro momento de mi vida hubiera pasado completamente por alto, ahora tengo muy en cuenta. Sus formas de entender la salud son muy diferentes de la occidental, pero eso no las hace ni mejores ni peores: simplemente distintas. Por citarte un aspecto, en ambas se tiene en cuenta al individuo como un todo, algo de lo que podríamos aprender mucho y que nos dará para otra tarde de infusión y reflexiones 🙂
Y es que de eso se trata, de aprender a unir la experiencia vivida con los resultados de laboratorio, la industria o aquello a lo que quieras llevar tu ejemplo. Consiste en valorar tanto el camino que nos ha traído hasta aquí como el que recorremos actualmente, sin despreciar ninguno de los dos.
Piénsalo: somos lo que somos por lo que fuimos.